Detalle de las maquetas y fotos de Tren-Tren la Serpiente de las montañas y el Sol que enmarca un espacio para jugar con arena.
Esculturas-juegos para la escuela Mapuche en Regolil

Sur de Chile. Realizado en 2004


O Tierras, si es tierra

Sucede que Federica ha creado sirenas cuyos vestidos de escamas son mantos de estrellas, tan fulgurantes como un pétalo multicolor o como la llama de un sol.  Así logra bañar al firmamento, lunas y soles, en las aguas de los ríos andinos y, quizás, hasta sorprende en los destellos de las piedras que amolda y ornamenta sobre sus Plazas, turba, atolón, cobalto o lapislázuli, las espumas que respiraban las sirenas de la mañana de los mares Mediterráneos.  Es por la felicidad de los niños que viaja de este modo.  Los niños de la miseria del mundo, cuando no son pura y sencillamente masacrados,  hunden sus manos en estas aguas del ensueño.  Nos hace saber que se va a Chile, para instalar allí un espacio de juego en una aldea mapuche, al otro extremo del país, en la montaña.  Este espacio está inscrito en el plano de una escuela, allá había esta escuela internado, para los niños mapuches de la región.  La aldea, diez o quince casas, y la montaña.  “Ahora, el alcalde es mapuche, el arquitecto es mapuche, están reconstruyendo la escuela y la conciben con espiritualidad mapuche.  Transitan del español cuadrado al mapuche redondo…”  Dibujos y bocetos han dado fe de ello.  El trazo con tinta china es sutil aunque audaz, como si ya estuviese grabado en piedra.  Los romos se vuelven un torbellino en forma de soles y lunas acoplados como marido y mujer.  “Figúrate…, nos dice Federica, que allí hay un río maravilloso, en donde vive una sirena que es a la vez hombre y mujer, mujer cuando se presenta ante los hombres y hombre cuando se le aparece a las mujeres.  Voy a estar en país amigo…”  Pedimos detalles: esta historia está tan primorosamente arraigada en esa tierra y tan soñadoramente atribuida al resto de sus extensiones de tierra en todo el mundo.  “La sirena se llama Sumpall y allí está las noches de luna o cuando hay bruma.  Tal parece que, ella o él, es más frecuente hombre que mujer, y entonces rapta a las mujeres para robarles lo que tengan; hay en esto un lado triste de los mapuches a quienes no hemos dejado nunca de quitarles lo que tienen, y eso los vuelve locos porque no poseen nada.  A veces pierden a una hija secuestrada por una familia de Sumpalls y para hacerse perdonar toda la banda consigue pescado en la aldea, hasta pescados que por lo general no son asiduos y no son conocidos.  Cuando las Sumpalls son mujeres, hipnotizan muchachos que con ellas se van y se transforman, a su vez, en Sumpalls aunque cada uno debe dejar su caballo, en principio, pues con frecuencia tienen uno en casa de sus padres.  He oído hablar de una Sumpall muy simpática que ahoga a los ricos, ser rico es un crimen para los mapuches puesto que hay que distribuir todo otra vez.  También se apodera de los niños que están demasiado tiempo en las aguas del río o del lago o del mar; el agua glacial de Chile gusta de los icebergs.  La aldea donde llevo a cabo este proyecto se llama Reigolil, está a cuatro horas de camino por tierra desde Temuco justo antes de la Argentina, aproximadamente en la mitad de la longitud del país, al sur de Santiago, si viera lo que quiero decir.  Es la historia de la batalla entre la serpiente de agua y las inundaciones y la serpiente de las montañas, de la tierra y de los volcanes.  Ambas son femeninas y se llaman Kai-Kai y Tren-Tren.  Todos los años casi toda esta región se inunda, lo cual depende del éxito de las ceremonias que son muy complicadas; basta que haya una persona de mala fe para que todo fracase.  Pero yo estoy contenta de haberlos traído conmigo a Reigolil…”  En la maqueta, Kai-Kai se dobla sobre la espalda, en efecto, como un río, es la dueña de los diluvios, acoge en su regazo a mujeres y niños; Tren-Tren v sinuosa entre los ríos pero tiene patas para escalar alturas, lleva árboles en su cuerpo y es ¿cómo diría? más geométrica; es la dueña de las montañas.  “Todo comenzó con la lucha entre estas serpientes”.   La vida de los mapuches es subir a la montaña cuando llegan las inundaciones y volver a bajar cuando se retiran.  Son necesarios ceremonias, tambores, danzas para crear su armonía.  El trabajo del hombre consiste en ayudar a la naturaleza para que encuentre su armonía.  Para decir “Tú me desesperas…”, los mapuches dicen: “Mi corazón ya no consigue percibir la belleza de tu ser…”  Parecería que los mapuches fueran ancestros o hijos de los Batutos, o sencillamente que son ellos mismos Batutos.  He puesto todo esto en el centro de este espacio de la escuela, las serpientes, la sirena Sumpall, el canario doble que vive en el lago no lejos, y la luna que todo lo rige.  También he puesto piedras en las que grabo los dibujos de los tambores y ls joyas de las mujeres, el cielo, y un sol, como una nave, sobre la arena.  Los colores son muy apacibles, muy suaves, en armonía con el río Reigolil  y la inmensa montaña que está justo detrás.  Ya que trabajamos para y con el río y la montaña.  Les mando un beso con toda la belleza de mi ser…”  Un día, cuando estas serpientes hayan sido domesticadas entre sí, cuando el agua no suba, haremos el viaje, si podemos, para ver la instalación, las sirenas que habrán arrastrado, sin desvío alguno, trenes desbordados de niños hasta el río, las estrellas     que habrán creado un trampolín hasta los planos del lago como climatizados por hadas, las pistas rutilantes entre la tierra y la lluvia del cielo, podemos imaginarlo.  Nos hace falta desear que Federica no transija al deseo de convertirse en una Sumpall, y que ellas mismas no la secuestren y que no tengan oportunidad de enviar a sus hijos, a su familia, a sus amigos y a sus prójimos, a modo de compensación, tal como lo han hecho con los habitantes de Reigolil, brazadas de peces desconocidos que habrán atrapado en fabulosos mares y que no comeremos nosotros, pues disponemos aquí, en nuestras Inmensas Superficies, de jamones de Bayona y turrones de Montélimar, lechugas de Vendée, ñames calibrados cultivados en el Loir-et-Cher, todas ciudades y pueblos que conocemos bien.

Edouard Glissant  Ormerod, Ediciones Gallimard
Traducción de Nancy Morejón.

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